En el noreste de Tailandia, cerca de la frontera con Burma (Myanmar) se encuentra Mae Hong Son, una ciudad mágica. Su lago rodeado de jardines, templos y cafés, muestra diferentes facetas llenas de vida a cada hora del día.
La madrugada es dominada por la neblina que gradualmente revela cada una de los encantos. Cuando el sol brilla, la plácida mañana, pasa silenciosa. Al comenzar la tarde, el lago cobra vida; los niños que salen del colegio corren por el pasto mientras los jóvenes se reúnen en las pequeñas casetas y las señoras practican T'ai Chi a la orilla del lago. Al atardecer, los templos se iluminan y su reflejo se vuelve claro en las aguas que cambian de color mientras el sol se pone. Al llegar la noche, el mercado nocturno rodea sus calles con deliciosos platos locales y mesas improvisadas sobre mats de bambú y los artesanos exhiben sus productos. Así transcurren los días de invierno en Mae Hong Son.
El Wat Phra That Doi Kong Mu, vigila desde la cumbre de la montaña la ciudad y sus increíbles paisajes. Ascender a el toma 15 minutos de escaleras y caminos de serpiente. Tres Estupas coronan el templo y a sus alrededores la vida cotidiana de los monjes y los devotos a Buda transcurre. En la parte posterior el templo es vigilado por un Buda de pie que mira a la ciudad. El paisaje hacia la espalda del Buda es único y un pequeño café lo hace perfecto con su mirador con sombrillas de colores.
Estuvimos largo rato contemplando las montañas y tomandonos un buen café. Pudimos ver como los jóvenes monjes estaban encargados de pintar las estatuas del templo.
Cuando descendimos cogimos nuestros libros y nos echamos en el parque frente al lago para vivir la transformación de la ciudad.
De difícil acceso, por sus 1864 curvas en la carretera desde Chiang Mai y un total de 8 horas en bus, la ciudad mantiene sus encantos locales alejada del masivo y estandarizador turismo. Una marca local aprovecho las curva de la carretera para generar una amplia gama de productos.
En la noche comimos en el mercado nocturno y deambulamos por sus calles. Llegamos al templo y vimos un espectáculo que cautivo nuestra atención. Una familia rezaba al rededor de un globo blanco que era encendido por los monjes. Por una donación, nos atrevimos a elevar uno de los globos y enviar nuestros deseos al cielo.
Nuestros amigos de Soppong, los Mimoos, nos acompañaron esa noche y compartimos de nuevo con ellos un buen rato. Debemos agradecerles las fotos del globito que nos enviaron después de unos días.
El resto de la provincia, como ya veníamos experimentando, nos deleitó con sus paisajes y un muy buen día sobre la motocicleta.




















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