El día involucró 13 km de carretera por el mar y 12.5 ascendiendo a la montaña en búsqueda de dos cráteres que hoy son reconocidos como los "lagos mellizos". Como su nombre lo indica hoy son lagos, es decir se llenaron de agua, razón por la que se volvieron lagos pero antes eran solo cráteres pero no lagos es decir sin agua. ¿Claro?
Los primeros 13 km de la carretera costera son tranquilos entre el agua azul y una línea interminable de palmeras equidistantes. De pronto un pequeñísimo aviso anuncia el desvío a los lagos a mano izquierda. Un metro después del letrero noventa grados convierten la fácil carretera en un asenso pedregoso. Por recomendaciones de Alberto tomamos esta vez una Honda ("nada de cosas chinas", nos dijo) XRM 125 semiautomática, perfecto consejo una vez estábamos en la trocha que el terremoto de la primera semana de febrero había dañado. 12.5 Km después, habiendo probado satisfactoriamente las habilidades conductivas y disfrutado de la maravillosa vista a la isla vecina de Cebu, llegamos a una caseta donde se colectaba el pago para el acceso. (Ya sabemos que pagar es buena señal en los parques naturales! Para mayores aclaraciones leer el capitulo 9 de diarios de motocicleta). Un laguito con arboles especiales (de los cuales Alberto ya nos había hablado y dicho su nombre, que claramente y desafortunadamente olvidamos) que solo crecen en agua (y no son manglares) se reflejaban en las calmadas aguas. 800 metros más adelante el parqueadero y un restaurante con mirador al lago/cráter (ya les explicamos como funciona) grande (razón por la que son mellizos y no gemelos, hay uno grande y uno chiquito).
Un empinado descenso de unos 300 metros por un camino de concreto te lleva al muelle donde se pueden alquilar kayacs y canoas. Nadar está prohibido. Cuando preguntamos porqué la respuesta fue obvia; los remolinos y los casi 100 metros de profundidad de los que no te rescata nadie. Siendo domingo, como siempre que decidimos ir a un lugar turístico, estaba lleno de locales y las embarcaciones alquiladas. El terremoto había dañado el camino que rodea, y une, los lagos así que algunas partes aun se encontraban en mal estado o bajo el agua. Igual caminamos.
Una trocha de piedras de laja guía tía pasos mientras se llega al segundo lago, por la naturaleza húmeda del ambiente una lama verdosa crece en ella haciendo muy resbalosas. En la mitad del camino alcanzamos a un local de un pueblo vecino que andaba turistiando. Caminamos tras el unos cuantos cientos de metros hasta que llegó la pregunta. "¿Eso que hablan es español?"- dijo el joven local seguido de un "yo lo estudié en el colegio pero ya se me olvidó". De eso nació una larga conversación y una plácida caminata entre los lagos. Ron,,,,,,,,, nos contaba sobre Filipinas, sus más de 63 dialectos divididos en 3 lenguas principales regionales y un idioma oficial y de las más de 7100 islas que componen el país. Al final nos contó que el motivo de su visita era la celebración del cumpleaños de una de sus amigas al que nos invitó.
Al volver, más de dos horas después, sus amigos gritaban su nombre y lo llamaban desde lejos. "Te persiste? Ya casi nos vamos!" le gritaban. Al llegar mas cerca uno de ellos se burlaba de él por haberse "perdido" entre el bosque. Cuando nos preguntaron que cómo lo habíamos conocido y les contamos que lo habíamos rescatado una risa rompió el hielo y fue suficiente para que nos invitaran a la mesa a celebrar y comer con ellos. En este momento nos dimos cuenta de lo cálidos y amistosos que son los filipinos y que gran diferencia culinaria tienen con el resto de los países de Asia pues los sabores son mucho mas parecidos a los que estamos acostumbrados y los tradicionales postres de arroz se vieron transformados de nuevo en una torta de vainilla con crema, caramelo y nuez.
Al terminar la comida regresamos juntos por el camino pedregoso, hay que volver a resaltar que debido a que nuestra habilidad conductiva aun no se acerca a la de un local ellos muy amablemente nos cuidaron durante el regreso. Al llegar a la carretera principal nos despedimos y ellos partieron al norte mientras nosotros volvíamos al sur de vuelta a Dumanguete.
Esa noche salimos en búsqueda de un restaurante que habíamos visto en nuestro paseo por la ciudad. Perteneciente al hotel "La residencia al mar" el muy buen restaurante fue nuestro elegido para probar por primera vez los platos típicos del país y la región. Nos encontramos con dos sorpresas, la primera que la comida sabe a casa y la segunda que por primera vez en el sudeste asiático vimos que familias locales también disfrutaban de la cena. Caímos en cuenta por comparación que hace mucho no veíamos esto.
La mañana siguiente alistamos nuestras maletas para dirigirnos al sur a la bahía de Tambobo.
















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