lunes, 12 de marzo de 2012

Koh Tonsay, vacaciones en la isla del conejo.

En el bus de las 7 de la mañana dejamos Kampot en búsqueda del mar. 25 km después el bus se detuvo frente a la estatua de dos delfines que nos daban la bienvenida al muelle de Kep. De ahí partiríamos a las 9 de la mañana hacia la isla.

La isla del conejo, llamada así por que los locales de alguna manera ven un conejo en su silueta (no sabemos como), esta localizada al sur de Cambodia a 30 minutos, en bote pesquero, de la costa de Kep en el golfo de Tailandia. Es una pequeña isla con una población de poco mas de 25 familias (que entre ellos todos son familia) y tiene una estación de policía abandonada que es la única construcción en concreto; fue donada en el 2008 por Korea (para este caso sur o norte da lo mismo por que no nos acordamos). A lo largo de su playa principal de 250 metros se encuentran los bungalós y frente a cada grupo un pequeño restaurante. Todos los bungalós son iguales y cuestan lo mismo, eso igual con la comida pero en pequeños detalles se hace una gran diferencia. Aquí se vuelve a aplicar el concepto aprendido de "same same but...". Aunque en principio todos estaban frente al mar alineados, no todos, es mas casi ninguno, tenía vista libre hacia él. Detalle 1. Aunque todos tenían balcón, no todos tenían dos hamacas. Detalle 2. Aunque todos tenían jardín, no todos estaban bien mantenidos. Detalle 3. Gracias a Natis hicimos una gran elección. Nuestro bungaló con dos hamacas, miraba sobre un limpio y florido jardín con el mar como escenografía (no se imagines un jardín como el de las abuelas, piensen mejor en pasto con un cuadrado en la mitad y algunas tímidas florecitas). Eso hacia la diferencia. Respecto a la comida la cosa es parecida. Todos los restaurantes ofrecen en su menú los mismos platos y los mismos precios. De nuevo same same but diferent. El restaurante mas cercano al muelle fue nuestra elección tras probar un par mas. Los platos por el mismo precio eran más grandes, más ricos y generalmente incluían arroz o papas (normal para nosotros pero en la isla todo se vendía por aparte, como en muchos lugares de Asia). Detalle 1, 2 y 3.

Nos instalamos en nuestro bungaló inseguros de cuantas noches pasaríamos en el. De nuevo no se imaginen un bungaló de pisos pulidos y paredes inmaculadas. El piso de madera torcida, las paredes de un delgado bambú y un bombillo fluorescente de 60 centímetros alumbraba mitad por dentro y mitad por fuera en el balcón, claramente solo había luz de 6 a 9 mientras se gastaba el combustible. El baño al estilo local, sin taza ni lavamanos y una coca de plástico imitaba pobremente la cisterna del inodoro! Nos encantó, fue nuestra casa por mas de una semana y fue el lugar elegido para pasar el cumpleaños de Natis!

Los días eran sencillos pero determinaron una rutina que nos acompañaría el resto del viaje. A las 6 am nos despertábamos (que esperan si a las 9 ya no había mas que hacer) y salíamos a nuestro jardín a hacer yoga. A las 8.30 am, después de la fría y refrescante ducha, el restaurante del muelle nos esperaba (era el "hotel" vecino así que caminábamos 20 metros). El desayuno, una sopa de Noodles con huevo para Martin y una ensalada de frutas para la señorita. Toda orden de comida, fuera fruta o cangrejo, tomaba una hora en salir de la cocina. Se imaginaran el hambre para las 9.30. Cuando algún ingrediente hacia falta esperábamos al barco de las 9 am que generalmente lo traía, eso significaba, comida a las 10. Después del desayuno, es decir 10 minutos después de que el plato tocaba la mesa, caminábamos a nuestras hamacas y leíamos, escribíamos, pintábamos o las tres. Por la naturaleza "light" del desayuno y a sabiendas de la demora del restaurante, a las 12 nos parábamos y llevamos los libros al restaurante para esperar la siguiente hora con ellos. Varios capítulos de Laos y los primeros de Cambodia fueron escritos allí. Después del almuerzo, que siempre era la comida más esperada y siempre incluía un gigantesco plato de mariscos frescos, llegaba la hora de la siesta en la hamaca. A las 3 pm el primer rayo de sol penetraba nuestro balcón y anunciaba la hora de ir a nadar.

La playa era normal y el agua del mar era normal, su color verdoso, como cuando desemboca un río; en este caso no había río pero si el color. Miles de aguamalas milimetricas se pegaban a nuestra piel y dejaban un ardor que nos hacia pensar en Kica y su gigantesca aguamala cartagenera. A pesar de las mini aguamalas (ie. Medusitas o para los más extranjeros sea lies) nos quedábamos en el mar por horas. Mientras Natis disfrutaba pacíficamente del mar y se relajaba en sus aguas; Martin nadaba entre el muelle y un barco que parecía abandonado, a unos 50 metros. Después de algunas piscinas y visitas a su dama se subía al barquito a descansar y cuando era suficiente, saltaba desde su nariz. Un día llevó a su dama a conocer el barco y se relajaron y saltaron juntos.

Así transcurrieron varios días bajo la delicia de la rutina y el no pensar en la ciudad siguiente y las continuas mudanzas, bendita sea la rutina mientras es novedosa. Mientras los días pasaban se acercaba el majestuoso momento, el día de su nacimiento pero algunos añitos después. Lo celebramos con otro dia de maravillosa rutina pero esta vez cambiamos la natación por dos botellas de vino y una tertulia frente al mar. En la noche calamares apanados y un intento de ceviche preparado por nosotros. Como buen cumpleaños hubo pastel y velita. Un delicioso pancake de nutella se iluminaba bajo la vela roja.

Nos acostamos temprano pues al otro día debíamos salir en búsqueda de internet o teléfono para llamar a la melliza. Ella, por diferencia horaria seguía de cumpleaños. Nuestro destino, Kep.

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