Salimos de Phnom Penh en el bus de las 12 pm (eso es el medio día) y al rededor de las 4 pm vimos el mar del sur. Atravesamos el pequeño pueblo de Kep y volvimos a adentrarnos en el país recorriendo 25km hacia la ciudad de Kampot. Al ver el mar casi nos bajamos emocionados de volverlo a ver después de tantos meses, nos resistimos y continuamos a nuestro destino. La carretera entre los dos pueblos atraviesa las famosas salinas que solo producen durante la temporada seca. Irónicamente esta región es reconocida por ser la principal productora de sal y a la vez, mundialmente famosa, de pimienta. Llegamos a conocer historias de reconocidos chefs del mundo que han comprado trozos de tierra para cultivar la famosa pimienta y utilizarla como exclusivo condimento en sus famosos restaurantes. En la época de la colonia todos los restaurantes franceses reconocidos usaban la sal y la pimienta de esta región. Al llegar el régimen del Khmer Rouge destruyeron todos los cultivos solo para cultivar arroz bajo el mismo régimen que el resto del país. Hoy un grupo entusiasta de "Eco-empresarios" esta retomando la tradicional practica de cultivo. La pimienta de Cambodia es tan reconocida que es el único producto del país con denominación de origen, algo así como el café colombiano.
Nos quedamos en una cuadra animada llena de pequeños hoteles para mochileros y desde ahí salimos a recorrer sus calles y vimos su arquitectura colonial frente al malecón del río. Al día siguiente buscamos los comederos locales y tuvimos un desayuno delicioso con arroz y dos diferentes caldos de verduras y pescado. Luego nos montamos en nuestra motocicleta y escribimos el siguiente capitulo de diarios de motocicleta (eso significa ver el capitulo de diarios de motocicleta 9).
En la noche volvimos y encontramos un correo de Julia diciendo que venia para la ciudad. Comimos en uno de los hoteles vecinos y disfrutamos del happy hour con un par de cocteles (para los mas sofisticados cocktails) de ginebra y tónica (para los más sofisticados Gin and Tonic). A la mañana siguiente nos encontramos con Julia y nos fuimos a desayunar en un restaurante alemán (Julia había leído sobre este y estaba desesperada por un buen pan alemán, claramente quedó decepcionada; es como si usted buscara una bandeja paisa en la mitad de Asia). Al terminar el desayuno nos devolvimos al hotel de Julia, que quedaba frente al nuestro, y pasamos una tranquila mañana, almorzamos y nos alistamos para una tarde en bicicleta. Nuestro destino a 8 km de distancia las antiguas cuevas budistas de Phnom Chhnork. Las describen como catedrales góticas naturales y dentro de ellas un templo del siglo VII dedicado a Shiva ha sido conservado por la cueva que lo protege. Calculamos mal el tiempo y nunca llegamos a nuestro destino pues la luz del dia nos daba el tiempo justo para regresar después de casi dos horas pedaleando en viejas bicicletas con cadenas oxidadas. Los paisajes que vimos fueron mas que suficientes para hacer exitoso nuestro paseo. Huertas frescas locales con vegetales de un color verde intenso, casi inimaginable, fueron el escenario de la polvorienta y arenosa trocha.
Volvimos a la ciudad, nos bañamos y salimos en búsqueda de un restaurante. Caminamos por el malecón y el happy hour de un restaurante "fancy" llamó nuestra atención. Nos tomamos unos buenos cocteles (cocktails, para llenar las fancy expectativas) y la música latina que sonaba animó nuestras desacostumbradas piernas. Al no ser este un lugar "apropiado" para tal comportamiento fogoso y folclórico, interiorisamos nuestra emocionada emoción y fuimos en búsqueda de un restaurante más apto para los bolsillos. Julia trataba de comprender el básico llamado de nuestra sangre.
Llegamos a un pequeño nuevo restaurante propiedad de una joven pareja local. Entramos y con los ánimos arriba pedimos otra cerveza y la comida que resultó maravillosa. Al terminar de comer y darnos cuenta que éramos los últimos en el restaurante y que la música era auspiciada por Youtube, Martin pidió permiso, se adueño del computador y empezó la añorada fiesta sacando a su pareja de baile. Sonaron clásicos de la salsa, del merengue y del vallenato siempre bajo la promesa de que era la última canción. Al oír ritmos desconocidos los empleados de la cocina empezaron a espiar desde la puerta y el amigable dueño, al ver que la promesa no se cumplía, nos ofreció mas cerveza y corrió todas las mesas para agrandar nuestra pista de baile. Muy buena fiesta!
Al día siguiente salimos para Koh Tonsay, más conocida para los viajeros como Rabbit Island, despidiendo a Julia una vez mas y esta vez definitiva. Te extrañamos Julia!











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